Esta mañana, Valencia me conduce a lugares donde el ruido de la ciudad parece suspenderse por pura fatiga. El trazado urbano, en un gesto de misericordia, permite un respiro al caminante que busca algo más que el simple tránsito. El jardín del Museo de Bellas Artes es uno de esos nodos; un espacio donde el tiempo, más que pasar, se deposita sobre los bancos y las estatuas como un sedimento invisible.

Mientras me distraigo con el vaivén de las hojas de la palmera y el drago, siento una vibración sorda que no pertenece al entorno. Es un eco que creíamos confinado a los manuales de historia: los vientos de guerra que, de nuevo, tensan el mapa de Europa. El presente se vuelve eléctrico, pesado, y de pronto la ciudad parece un escenario demasiado frágil.

Supongo que una sensación análoga de abismo llevó a Mark Rothko a buscar una salida hacia adentro. En la primera mitad de los años cincuenta, tras el horror documentado de la Segunda Guerra Mundial, el lenguaje figurativo se sentía insuficiente, incluso obsceno. ¿Cómo retratar el rostro humano después de haber visto su desintegración absoluta? La respuesta de Rothko fue una ruptura radical: abrazar la vibración pura del color para alcanzar lo que él llamaba la «condición humana básica».

El color es un párpado cerrado

Al enfrentarnos a sus campos de color de bordes difusos, habitamos una experiencia de silencio absoluto. Pero no es la ausencia de sonido; es un silencio cargado de significado, un espacio de trascendencia donde la tragedia, el éxtasis y la fatalidad dejan de ser conceptos para convertirse en atmósfera. Sus lienzos no decoran; nos contienen.

En estos días, cuando abrimos los periódicos y el lenguaje se satura de términos tácticos y amenazas transfronterizas, esa abstracción recupera una vigencia feroz. Se presenta como un refugio ante la incertidumbre. Deambular por los pasillos y jardines de estos edificios hoy parece un acto de resistencia silenciosa. Es el contrapeso necesario a un conflicto que, a ratos, se torna inminente.

En la calle, el sol vuelve a golpearme con su luz mediterránea, pero algo ha cambiado en mi paso. Encontrar ese punto de quietud permite mantener la lucidez mientras el mundo exterior se lanza, amnésico, a recobrar sus instintos más oscuros.


El equipaje

  • Lectura recomendada:

Mark Rothko. Escritos sobre arte (1934-1969). Ediciones Paidós, 2007. 240 páginas. Edición, introducción, notas y cronología a cargo de Miguel López-Remiro. Una inmersión necesaria en la mente del artista que buscó la luz en la penumbra de la posguerra. Ediciones Paidós.

Annie Cohen-Solal. Mark Rothko: hacia la luz en la capilla. Ediciones Paidós, 2016. 282 páginas. Traducción: María José Viejo Pérez.

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Imagen de cabecera: Mark Rothko. Untitled (Violet, Black, Orange, Yellow on White and Red), 1949. Óleo sobre tela. 207 x 167,6 cm. Solomon R. Guggenheim Museum, New York Gift, Elaine and Werner Dannheisser and The Dannheisser Foundation, 1978.

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