Si uno se lo propone, transitar por Valencia en estos días podría implicar el encuentro con la luz que Joaquín Michavila codificó en sus pinturas. El aire tiene esa transparencia húmeda que parece anunciar el lago antes de verlo, un recordatorio de que la ciudad no es solo asfalto, sino un sedimento de miradas previas. Me detengo ante la fachada de la Escuela de San Carlos, pensando en aquel joven que, en 1960, se marchó a Italia para sacudirse de los hombros la sombra alargada de Sorolla. Hay una valentía silenciosa en quien decide que la luz no se hereda, sino que se construye.
Michavila no fue un artista de impulsos desordenados; fue un investigador metódico. Su formación dual entre el Magisterio y las Bellas Artes revela a un hombre para quien el arte era, ante todo, una estructura comunicable y sistemática. No pintaba por el mero placer del gesto, sino por la urgencia de entender cómo se sostiene el mundo. En sus manos, la geometría dejó de ser una disciplina fría para convertirse en una inversión intelectual, en el orden como único refugio contra el caos del sentimiento.
Durante casi dos décadas, Michavila se sumergió en la abstracción geométrica y el constructivismo. Como miembro del Grupo Parpalló, buscó con terquedad la fractura del espacio mediante superficies planas. Al observar sus piezas de los años sesenta, uno siente que está ante un andamiaje espiritual. No hay frialdad en esas líneas, sino la búsqueda de una gramática visual que permitirá, años después, sostener lo inasible.
Sin embargo, es el Michavila que regresa a la Albufera a finales de los setenta el que me resulta impresionante. No volvió al paisaje desde la nostalgia figurativa, sino con la sabiduría del geómetra que sabe que un río puede ser, en esencia, una sucesión de planos. En sus series El Llac y El Riu, el rigor se disuelve en una abstracción lírica. Michavila ya no pintaba el lago; pintaba el reflejo. Componía la fluidez del agua mediante esos azules saturados que transitan hacia los ocres, demostrando que la disciplina, lejos de limitar, es lo que potencia la verdadera emoción estética. Con Michavila uno aprende que la libertad no es la ausencia de reglas, sino el dominio absoluto de ellas.
Hacia el final, el maestro se adentró en la serie Contrapunto, una exploración tenebrista de visiones cosmológicas sobre fondos negros. Fue el cierre de un ciclo vital marcado por la constancia y el deseo por conocer. Al revisar su obra, en este 2026 que celebra su centenario, entiendo que su legado no son solo lienzos, sino una lección de arquitectura pictórica. Michavila, el «Mestre de Mestres», nos enseñó que para romper el paisaje y convertirlo en afecto, primero hay que entender su estructura, conocer sus límites como condición previa para traspasarlo.
Imagen de cabecera: Joaquín Michavila. L’alqueria (197). Acrílico sobre tela. Colección Fundación Bancaja.

Deja un comentario