Ernesto j. Guevara

Artes visuales y cultura del siglo XX

El último hilo: Valentino, la seda de Velluters y la moda de posguerra

Caminaba por el barrio de Velluters, envuelto por el eco fantasmagórico de los telares manuales y el aroma a seda atesorada durante siglos. La noticia de la muerte de Valentino Garavani, llegada a través de la frialdad de una pantalla, resonó en mi memoria con el eco de otro declive: el de los antiguos maestros sederos valencianos, cuya sabiduría se desvaneció entre la vorágine industrial.

Ese vínculo, aparentemente fortuito, encarna una de las tensiones definitorias del siglo XX: la batalla silenciosa, y a menudo desigual, entre la urgencia estandarizada de la máquina y la mística irrepetible del trabajo artesanal en la alta costura; una era que metamorfoseó el acto de vestir —antes un arte ritual y personal— en una industria de la inmediatez. En este contexto, el icónico «Rojo Valentino» emerge como el estandarte de la última gran trinchera de la belleza concebida por manos humanas.

El nacimiento de la Alta Costura frente a la industrialización del siglo XX

La vigencia de Valentino cobra pleno sentido al remontarse a las alboradas del siglo XX, un tiempo previo a la Gran Guerra donde el vestido se entendía como una arquitectura de la identidad, no como un mero bien de consumo. En aquel momento, la figura del couturier —cimentada por Worth y transformada después por Poiret— operaba bajo un paradigma renacentista: el modisto era un demiurgo creativo y el taller, un cenáculo donde el conocimiento se transmitía en el silencio cómplice de la aguja.

Sin embargo, la Segunda Revolución Industrial y, sobre todo, las economías de guerra de la primera mitad del siglo XX, impusieron la estandarización. Los cuerpos humanos empezaron a ser reducidos a tallas numéricas para abastecer los almacenes. Como explicaba Walter Benjamin en su ensayo de 1936, la reproductibilidad técnica despojaba al objeto de su aura, es decir, de su aquí y ahora, de su existencia única y su arraigo espacio temporal. 

El gremio de los velluters en Valencia, que ya arrastraba su propia crisis desde el siglo XIX por la mecanización francesa, encarnaba esa misma pérdida del aura: el saber heredado del tacto, el control milimétrico de la urdimbre, procesos orgánicos sustituidos por la velocidad de los telares mecánicos.

El «Rojo Valentino» como manifiesto político, estético y cultural

A mediados de siglo, el prêt-à-porter (listo para llevar) se convirtió en la religión de la modernidad. Diseñadores como Pierre Cardin entendieron que el futuro estaba en las licencias industriales y las masas. Pero en medio de esa aceleración, un joven italiano que había aprendido los secretos del corte en París decidió nadar a contracorriente. Valentino Garavani fundó su casa en Roma en 1959, no en el París industrializado, buscando el pulso de la Dolce Vita y la tradición del fatto a mano (hecho a mano).

Y entonces nació su Rojo. La anécdota cuenta que siendo un joven estudiante, asistió al Gran Teatre del Liceu de Barcelona, donde quedó hipnotizado por una mujer mayor vestida de terciopelo rojo en un palco. Para él, ese color no era una mera elección cromática. Lo apunta el historiador del arte Michel Pastoureau en sus estudios sobre el simbolismo de los colores, el rojo es la primera tonalidad que el ser humano dominó y cargó de mitología: es el color del poder, de la sangre, de la vida y del rito.

El «Rojo Valentino» (una mezcla precisa de 100% magenta, 100% amarillo y un 10% de negro) era un desafío estético. En un mundo que empezaba a vestir de gris corporativo o con los colores sintéticos y psicodélicos de los años sesenta y setenta, su rojo exigía atención. No era un color para pasar desapercibido en el metro; era un color diseñado para los salones de los palacios o las escalinatas de los teatros, espacios donde el tiempo se dilata. Las costureras de su taller, las premières, podían pasar mil horas bordando canutillos o modelando un drapeado sobre un maniquí. Era la apoteosis de la lentitud matérica.

Alta Costura frente al Fast Fashion: la soberanía de la lentitud matérica

El impacto a largo plazo de la filosofía de Valentino fue mantener viva la llama de lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba la «distinción». A finales del siglo XX, la moda ya no se vendía por la calidad del tejido, sino por el marketing del logotipo. Las grandes corporaciones del lujo (como LVMH, Kering o Mayhoola for Investments, en el caso de la maison Valentino) empezaron a devorar las casas familiares.

Valentino, junto a titanes como Yves Saint Laurent, se convirtió en un baluarte de resistencia. Mientras las fábricas deslocalizaban su producción hacia países con mano de obra barata para alimentar el nacimiento del fast fashion (la moda rápida que hoy inunda nuestras avenidas), los talleres de Valentino en la Piazza Mignanelli seguían operando como monasterios medievales bajo tres pilares fundamentales: 

  • Preservación técnica: Salvaguarda de disciplinas artesanales como el plisado, el teñido y el encaje tradicional.
  • Defensa del valor temporal: Entender que el valor de una prenda reside en las horas de manufactura humana invertidas en ella.
  • Resistencia material: Un paralelismo con los últimos telares manuales de Velluters, donde la seda dejó de ser un oficio de Estado para convertirse en un valioso recuerdo arqueológico.
Vista en perspectiva de la calle del Hospital en Valencia, con edificios de balcones clásicos bajo un cielo nublado, capturando la atmósfera de la deriva urbana por Velluters.
Vista de la calle del Hospital en el barrio Velluters, Valencia.

De Velluters al Slow Living: la nostalgia del tacto en la era digital

Comprendo cómo mi vivencia en las calles de Valencia resuena de algún modo con ciertas  inquietudes socioculturales de nuestra década. Habitamos una sociedad hiperdigitalizada, donde vestimos prendas dictadas por algoritmos de consumo ultraveloz; creaciones efímeras, diseñadas para sobrevivir apenas unas semanas en nuestros armarios y un instante en nuestros perfiles sociales.

El legado de Valentino Garavani se siente como el cierre definitivo de un siglo donde el lujo se definía por el tiempo invertido en crear algo, y no por el precio de la etiqueta. Sin embargo, su adiós y la extinción de los artesanos tradicionales están provocando un movimiento pendular en la cultura contemporánea, impulsando fenómenos globales:

  • El auge del Slow Living: Una filosofía de vida que prioriza la desaceleración y el consumo consciente.
  • El retorno a la artesanía: Nuevas generaciones de diseñadores independientes que rescatan talleres locales y técnicas de costura olvidadas.
  • La revalorización de lo analógico: Una búsqueda del tejido con historia, la cerámica imperfecta o el formato físico frente a la inmaterialidad del píxel.

Como señaló Jean Baudrillard: «Cuando los objetos ya no están vinculados a una función real, se cargan de un valor de memoria». El Rojo Valentino y la seda de Velluters ya no pertenecen al mercado del día a día; han ingresado en el territorio del mito. Son el recordatorio de que, alguna vez, el ser humano fue capaz de detener el tiempo con el simple y noble gesto de entrelazar dos hilos.


Imagen de cabecera: Logotipo de Valentino, 2024. Foto de Mary Borozdina en Unsplash.


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