Entrar en el IVAM estos días supone un cambio de temperatura, no solo térmica, sino emocional. Mientras Valencia sigue vibrando ahí fuera bajo su luz mediterránea, excesiva y saturada, la sala que aloja “Habitar las sombras” exige que los ojos se reajusten. He caminado por esta exposición buscando no solo estética, sino respuestas a una pregunta que empezó a darme vueltas mientras me preparaba para esta visita: ¿qué decidimos ocultar para poder recordar?
Aquí, la penumbra no es una falta de luz, sino una herramienta de arqueología personal. Lejos de ser un simple ejercicio estético sobre la escala de grises, la propuesta de las comisarias Rosa Castells y Blanca de la Torre funciona como una inmersión en la memoria colectiva. Han entretejido los fondos del museo valenciano con los del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante más que para mostrar archivos, para crear una atmósfera.
Espectros y presencias
Mi recorrido comienza con la evocación de lo espectral. No hay terror gótico aquí, sino la huella persistente de la historia. Al detenerme ante las figuras al carboncillo de John Davies o las piezas de Zoran Music —que rememoran su paso por Dachau—, entiendo que la sombra ha sido siempre el refugio de lo traumático.
Es imposible no detenerse ante la intervención de Oscar Muñoz. Sus imágenes sobre espejo oscilan inestablemente entre la presencia y la desaparición, aludiendo al contexto colombiano. Fue en este punto, observando esas huellas borrosas, donde recordé la tesis de Georges Didi-Huberman en Imágenes pese a todo. Es un libro al que vuelvo cuando intento entender cómo la imagen puede sobrevivir a la catástrofe; si te interesa profundizar en esta tensión entre memoria y desaparición, es una herramienta de lectura fundamental que dialoga perfectamente con esta muestra.
La sombra doméstica y la literatura
Avanzando hacia la intimidad, la exposición acierta al vincular la sombra con el espacio doméstico, ese territorio ambiguo que Virginia Woolf reclamó en Una habitación propia. Aquí, la sombra no oculta traumas históricos, sino las rutinas invisibles, a menudo femeninas.
Me detuve largo rato frente a las obras de Cindy Sherman y Francesca Woodman. Hay algo en su uso del cuerpo y el entorno que transforma lo cotidiano en un escenario casi teatral, cargado de un misterio que la luz plena destruiría. Es la tensión de lo que ocurre de puertas para adentro, donde la identidad se construye (o se deconstruye) lejos de la mirada pública.
Arquitecturas del silencio
El tramo final me enfrenta a lo que llamaría «arquitecturas ausentes». El contraste curatorial es brillante: la monumentalidad nítida y tipológica de Bernd y Hilla Becher frente al grano sucio y desenfocado de William Klein.
Esta sección subraya el componente sociológico del blanco y negro. Es una elección que permite matices imposibles de reproducir en color, como demuestran la instalación de paisajes urbanos de Miquel Navarro o la luz detenida en los espacios de José Manuel Ballester. No son edificios lo que vemos; vemos el tiempo detenido en ellos.
Una pausa necesaria
El recorrido es exigente, pero recompensante. Me ha obligado a ralentizar el paso y a aceptar esa «poética de lo indeterminado» que tanto falta en nuestro día a día. La exposición abre una pausa necesaria en la cotidianidad avasallante de imágenes en alta definición y notificaciones vibrantes que nos rodea al salir a la calle.
Se revela así un espacio de resistencia visual donde lo importante ya no es lo que se ve, sino lo que permanece oculto en el pliegue de la historia o el recuerdo. Una manera poética —y a la vez política— de habitar las sombras.
«Habitar las sombras». Institut Valenciá d’Art Modern. Del 25 de septiembre de 2025 al 18 de enero de 2026. Comisariado: Rosa Castells y Blanca de la Torre. Más información: ivam.es.
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