Persistencia de Juan Genovés: del hombre-masa a la multitud

4–6 minutos

de lectura

Hace un par de años fuimos a ver la exposición de Juan Genovés (Valencia, 1930-2020) que se presentó en la Fundación Bancaja, en Valencia. “Una pintura de gente pequeña”, según la imagen incierta que tiempo atrás me había hecho de su obra. La inmersión en su trabajo no solo me revelaría la evolución de su técnica, sino también la sorprendente pertinencia de su arte para abordar la condición humana en tiempos de cambio.

Al entrar en las salas comenzaron a configurarse tres momentos en su pintura: en la primera etapa, la de los años sesenta, Genovés hace un presentación de la «masa». Sus figuras son puntos diminutos en fondos grises, que apenas se distinguen entre sí. Esta atmósfera monocromática y opresiva, casi como un espacio sin aire ni salida, es un reflejo potente del ambiente social y político de la dictadura. Son los años de los individuos desdibujados en un colectivo anónimo que se mueve, casi siempre, impulsado por una fuerza exterior. Se intuyen gestos de huida, carreras que no van a ningún lado, una urgencia que no logra concretarse.

En el segundo momento, el de los setenta, las figuritas aumentan su tamaño, pasan de ser individuos para volverse «personas» con cuerpos y vestimentas más definidos y visibles. Las composiciones se vuelven más complejas y envolventes. Las personas que Genovés pinta están ahora reunidas en una búsqueda de dirección común. Este es el tiempo del «pueblo», un colectivo que se organiza, que busca su voz y su lugar en el mundo. Es una etapa llena de preguntas y expectativas por el futuro. Los personajes se tocan, se abrazan; hay una mujer que incluso alarga sus brazos al vacío, como si buscara asir un lugar lejano o un tiempo perdido.

El trasfondo grisáceo y borroso de la primera etapa se convierte ahora en una superficie blanca, expectante como las hojas de un cuaderno sin usar. A veces ese blanco se alterna con el fondo crudo de la propia tela: son vacíos elocuentes, no como el de la ausencia sino como el de un todo que ahora tiene la posibilidad de existir. El trasfondo casi sin intervenir, sumado a estas figuras que se expresan en un dinamismo dramático, refieren la transición entre la dictadura y la democracia en España, un paso entre dos tiempos que aún define la esencia de este país.

Juan Genovés. El abrazo, 1987. Museo Reina Sofía, Madrid

La tercera etapa es la más reciente. Hay pintores que se confortan en la reiteración de una idea, de una fórmula. Genovés, sí, vuelve a las figuras mínimas, si bien esta vez bajo la acepción de la “multitud”, donde ya no aparece el peso de una presencia autoritaria. Ahora el individuo no es plano, sino que se reviste de la corporeidad del pigmento, del objeto encontrado, incluso del rostro del artista. Ahora quien “domina”, como atracción y repulsa, como deseo o anhelo, es otro tipo de vacío, uno que se nos muestra casi geométrico, organizado, urbanizado tal vez. Lo que quiere decir que hay un poder subyacente que dispone y distribuye, que nos convoca y nos ordena alrededor de algo que no encontramos. Las figuras de Genovés habitan esos vacíos, sugiriendo una nueva forma de colectividad, una que se define por el espacio que la rodea y que, al mismo tiempo, le otorga sentido.

Juan Genovés. Cuarterones, 2019

Esta visión de Genovés, tan arraigada en la organización del espacio, resonó de manera inesperada aquella tarde después de concluida la visita al museo. Mientras revisaba el periódico encontré una foto que ilustra un artículo sobre el acoso en los institutos durante las clases de educación física. La foto es una imagen cenital de un patio de colegio donde unos muchachos juegan al voleibol. Como en un cuadro de la última etapa de Genovés, en la foto se pueden intuir algunos rasgos o actitudes de los personajes. Vuelvo a pensar en estas pinturas finales del pintor valenciano y se me ocurre que no sólo remiten a un vacío, sino también a una distancia que determina al individuo y lo posiciona con respecto al otro, creando espacios que, en lugar de unir, se vuelven idóneos para la diferencia.

Clase de Educación Física en un colegio de Madrid. Foto: Luis Sevillano Arribas, 2023

Esta oscilación en la representación de la figura humana, de lo diminuto a lo individualizado y de nuevo a la unidad, viene al hilo de las ideas de Toni Negri y Michael Hardt sobre la evolución de los sujetos colectivos en la sociedad, a quienes ellos denominan «masa», «pueblo» y «multitud». La masa, para Negri y Hardt, es una agregación indiferenciada, similar a las figuras iniciales de Genovés. El pueblo, en cambio, representa una unidad orgánica con una voluntad común, como las figuras que se agrupan en las obras de los setenta. Finalmente, la multitud es una red de singularidades que coexisten sin perder su autonomía, resonando con las figuras dispersas en los vacíos elocuentes de las últimas obras de Genovés.

De allí la idea de una persistencia de Genovés, de la continua pertinencia de su pintura para abordar la condición humana, ya sea en el registro estremecedor de una etapa crucial en la historia de su país, o luego, cuando provisto de un lenguaje y una impronta propia, fue capaz de trasladar su mirada al devenir del ser contemporáneo.

Busco de nuevo sus últimas pinturas y pienso que al ser humano no lo reduce solo el poder o el horror de una dictadura. Cada vez se nos hace más claro que hay prácticas sociales discretas que buscan demostrar otro tipo de autoridad; una supremacía, un poder que se satisface en la anomia, a veces en la herida y el dolor. Asumo que la pintura de Genovés nos advierte de ese peligro, recordándonos que las estructuras de poder se construyen y deconstruyen continuamente, y que el individuo, por irrelevante que pueda parecer en su singularidad, siempre formará parte de un colectivo con una enorme capacidad de transformación.

|

Imagen de portada: Juan Genovés delante de su cuadro Cesura en el 2013. Foto: Agparrondo, vía Wikipedia

Deja un comentario