Si pensamos en la escultura de la segunda mitad del siglo XX, inevitablemente llegaremos a sentir un peso físico sobre los hombros. No es una carga, sino una presencia. Esa es la herencia de Richard Serra. Nacido en San Francisco en 1938, hijo de un inmigrante mallorquín y una madre de ascendencia ucraniana, Serra no solo moldeó el metal; moldeó nuestra percepción del espacio.

Su infancia, marcada por los traslados a ciudades industriales como Pittsburgh y el tiempo trabajando en acerías, no fue una simple anécdota biográfica; fue la fragua de su identidad artística. Como él mismo reconoció, esa convivencia con el metal pesado tuvo un impacto profundo en su desarrollo. Aunque coqueteó con la literatura inglesa en Berkeley y Santa Bárbara, e incluso con la pintura en París, fue la tridimensionalidad la que reclamó su atención definitiva.

Del gesto industrial a la fenomenología del peso

Tras obtener su MFA en Yale en 1964 —donde entró en contacto con figuras como Philip Guston y Frank Stella—, Serra comenzó a desafiar la tradición. Sus primeras obras no buscaban la belleza canónica, sino la verdad material. Utilizó plomo, caucho y acero industrial, experimentando con la fundición y creando series controvertidas como Belts (1966), esas piezas de caucho que colgaban de la pared como pieles desolladas de la industria.

Sin embargo, su verdadera revolución llegó a finales de los sesenta con el acero corten. Este material, que se oxida para protegerse a sí mismo, permitió a Serra crear intervenciones monumentales que nos obligan a renegociar nuestra relación con el entorno público. Glenn D. Lowry, director del MoMA, lo definió con precisión: el enfoque de Serra consistía en «cómo crear formas cuyo peso y masa nos obliguen a pensar en las fuerzas de gravedad que mantienen unidas las formas en los espacios que nos rodean».

Más allá del minimalismo: una relación compleja

A menudo etiquetamos a Serra dentro del minimalismo, esa corriente de los sesenta definida por la simplicidad y lo industrial. Es cierto que figuras como Donald Judd influyeron en su austeridad geométrica inicial. Sin embargo, reducir a Serra al minimalismo es simplificarlo. Mientras el minimalismo buscaba a menudo una objetividad fría, Serra entendía que el arte conlleva una carga subjetiva y emocional.

Su aporte trasciende la mera colocación de objetos. Serra introdujo una escala monumental que desafía al espectador, obligándolo no solo a mirar, sino a habitar la obra, a recorrerla con el cuerpo. Es una experiencia espacial, una «deriva» impuesta por paredes de acero que nos guían y nos oprimen a la vez.

Obras que definen un siglo

Su legado, cerrado tras su fallecimiento en marzo de 2024 en Nueva York, incluye piezas que son hitos de la historia del arte. Imposible no mencionar Tilted Arc (1981–1989), aquella monumental barrera de acero en la Federal Plaza de Nueva York que generó tal controversia que acabó siendo desmantelada. O la sublime serie The Matter of Time (2005) en el Guggenheim Bilbao, donde el acero parece volverse líquido y el tiempo se pliega sobre sí mismo. Incluso en la inmensidad del desierto de Qatar, su obra East-West/West-East (2014) se extiende a lo largo de un corredor natural de aproximadamente un kilómetro en la reserva de Brouq.

Reconocido con el Praemium Imperiale y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Serra nos hizo ver que la escultura no es el objeto, sino lo que sucede entre el objeto y nosotros. Nos dejó una lección de peso: la gravedad es la única fuerza de la que nunca podemos escapar.


Imagen de cabecera: Richard Serra, 2005. Foto: Oliver Mark (CC BY-SA 4.0).

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