En Venezuela, el interés por construir una nueva identidad estética hizo que, entre otros gestos, un pequeño grupo de artistas locales emprendiera, en el invierno de 1950, un viaje a Ámsterdam. Aquella expedición trajo como consecuencia un fuerte impulso a la abstracción geométrica en el país. Alejandro Otero, Rubén Núñez y Perán Erminy formaban este grupo espontáneo, y junto con otros creadores intuyeron en aquellos años y desde aquel territorio neoplasticista la invención de una historia que sería el nutriente de las raíces de nuestro arte moderno.
Por esa misma fecha, José María Cruxent (1911-2005), exiliado catalán con poco tiempo en Venezuela, hacía la promesa de dotar de una prehistoria a esta tierra que lo acogía, cuya revisión del pasado, según él, comenzaba siempre con Simón Bolívar. En ese entonces, Cruxent, junto con otros artistas como Humberto Jaimes Sánchez y Maruja Rolando, quienes le acompañaron en algunas de sus expediciones por la selva venezolana, comenzaban a avizorar instintivamente otra historia desde las entrañas milenarias de nuestra tierra.
Cruxent hace su promesa de darle a este país una prehistoria, y con ello no solo está contribuyendo a la ampliación de nuestra conciencia del tiempo, y por tanto de nuestro pasado, sino que también agranda nuestra visión de lo representable y en su caso, como artista también que fue, de lo representable en pintura.
El scape y el escape
Al hilo de estas notas llegué a pensar que el término inglés para paisaje —landscape— tenía que ver con un escape hacia la tierra. Luego la etimología me demostró que en realidad scape (y no escape que era lo que yo erróneamente interpretaba) se refería a un antecedente del sufijo –ship, es decir una condición o estado del ser, como en friendship o relationship. Así, de pensar que José María Cruxent se escapaba hacia la tierra terminé aceptando que era un hombre que se internaba en la selva, como asumiendo esa condición o estado del ser que indicaba el diccionario.
El artista que entre nosotros más cerca estuvo del núcleo selvático, que pudo mirar el territorio desde el más adentro de su dimensión vegetal, mineral y telúrica, nos dejó una pintura que no es ya el reflejo del muro anciano, de la piedra milenaria o de la capa tectónica, como hicieron algunos de sus coetáneos. Por el contrario, su obra es toda una estrategia intuitiva para desembarazarse del motivo que, por otra parte, ya no existe. ¿Y qué queda cuando desaparece el motivo —ese constructo político o cultural—? Pues queda la energía: una pintura que entiende como condición de su realidad la presencia de un alma, un anima que no es tal si a su vez no hay un cuerpo que se entregue, una fisiología que retumbe en la hechura del cuadro.
En lo que me parece una de las frases más impactantes de nuestra crítica de arte, Juan Calzadilla comentó la forma de trabajar de Cruxent haciendo ver que “cada uno de sus cuadros se cumple como una necesidad fisiológica apremiante”. Una necesidad que ha reducido todos los elementos retóricos y todos los artilugios representativos hasta quedarse con una referencia de intangibles que serían los ecos de la selva indescriptible, irrepresentable como motivo, solo como un significado sin nada ya que lo contenga.
Continúa la deriva:
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