Ernesto j. Guevara

Artes visuales y cultura del siglo XX

Por qué se celebran los días internacionales: el origen de la obsesión por las efemérides

Para comprender las razones detrás de la invención de «un día para todo», es necesario explorar la esencia cultural del siglo pasado. El siglo XX no solo se caracterizó por las vanguardias, las conflagraciones globales y la industrialización masiva, sino también por ser la gran época de la categorización. La proliferación actual de conmemoraciones diarias ilustra el esfuerzo de la modernidad por fragmentar, medir y dignificar cada aspecto de la existencia humana.

Origen del calendario secular: de lo sagrado a la producción en masa

Durante milenios, el tiempo humano estuvo articulado por dos grandes ejes: las estaciones agrícolas y el calendario litúrgico. Se celebraba el día de San Juan, la cosecha o el equinoccio. Sin embargo, el siglo XX consumó lo que el sociólogo Max Weber llamó el «desencantamiento del mundo» (Entzauberung der Welt).

Al resquebrajarse la hegemonía de la cosmovisión teocéntrica y aristocrática europea —procesos acelerados tras el trauma de la Primera Guerra Mundial—, la sociedad secularizada necesitó llenar ese vacío de sentido. La consolidación de la producción en masa, la burocracia moderna y la psicología aplicada a lo público exigían un nuevo tipo de orden. El tiempo ya no pertenecía a los dioses, sino a la eficiencia y al consumo.

De la lucha social al marketing: la democratización del homenaje

La invención de Días Internacionales comenzó con intenciones políticas y universales. Pensemos en las reivindicaciones del movimiento obrero a finales del siglo XIX e inicios del XX para fijar el 1 de Mayo, o en la propuesta de Clara Zetkin en 1910 para establecer un día de la mujer trabajadora. Eran llamados de urgencia colectiva para hacer visible lo que la narrativa dominante invisibilizaba.

Sin embargo, a medida que avanzaban los Gloriosos Treinta (las décadas de prosperidad de posguerra), el capitalismo tardío y las ciencias de la comunicación —con figuras pioneras como Edward Bernays, sobrino de Freud y padre de las relaciones públicas— descubrieron un mecanismo de validación social: la democratización del homenaje. A partir de allí el hombre moderno dejó de rendir culto a lo sagrado inalcanzable, y lo sustituyó por los fragmentos cotidianos de su propia existencia.

Así, lo que empezó como una herramienta de lucha social se atomizó. Apareció el Día de la Madre, el Día del Libro… y paulatinamente, la hiperespecialización de la memoria. Si podemos empaquetar una causa o un afecto en 24 horas, podemos generar campañas, consumo, portadas de prensa y cohesión comunitaria instantánea.

La cultura pop abrazó este fenómeno no sin cierta ironía. En el arte, Andy Warhol entendió muy bien esta democratización cuando decidió pintar la lata de sopa Campbell o la botella de Coca-Cola. Con este gesto, Warhol establecía, a su modo, un «Día del Objeto Cotidiano». Elevar el perro, el libro o el abrelatas a la categoría de acontecimiento resultó ser una manifestación profundamente pop.

La caída de los grandes relatos y la necesidad de micro-celebraciones

Esta necesidad de señalar días específicos refleja dos fuerzas opuestas que moldearon el siglo XX:

  • La pérdida de los ‘Grandes Relatos’: Como diagnosticó el filósofo Jean-François Lyotard, el siglo XX vio el colapso de las grandes narrativas unificadoras (la religión, el progreso lineal, el eurocentrismo). Al no haber una sola historia sagrada que nos una a todos, terminamos creando micro-celebraciones.
  • La inclusión de la otredad: Al romper la perspectiva occidental hegemonista, la sociedad entendió que la experiencia humana (y no humana) es diversa. Darle un día a «cualquier cosa» no es solo, a veces, una anécdota simpática; es también el reflejo de la evolución de la ética y la política.

Efemérides en la era digital: tendencias efímeras y cultura del algoritmo

Que en pleno siglo XXI sigamos celebrando el Día del Perro, el Día del Orgullo o el Día del Emoji, deja ver que vivimos en la era de la hiper-segmentación y la validación efímera. Formamos parte de una cultura digital dominada por el algoritmo social y la inmediatez, y en ella las efemérides funcionan como trending topics emocionales. Nos otorgan un pretexto ritual para sentirnos parte de algo más grande, aunque solo tenga la vigencia de una story de Instagram.

Es el triunfo definitivo de la deconstrucción: al no existir ya un centro rígido, el margen se convierte en fiesta. Hemos pasado del culto al héroe o al santo, a la sacralización de lo cotidiano, de nuestras mascotas y de nuestros pequeños placeres.

Al final, decretar un día para cada cosa es el intento neurótico —y profundamente humano— de una sociedad hiperacelerada por pausar el reloj durante 24 horas y decir: «detengámonos a mirar esto, porque también es importante».


Bibliografía recomendada (enlaces patrocinados)

Edward L. Bernays. Propaganda. Editorial Melusina, 2008. 200 páginas. Traducción: Albert Fuentes Sánchez.

Jean-François Lyotard. La condición postmoderna. Ediciones Cátedra, 2006. 120 páginas. Traducción: Mariano Antolín Rato.

Max Weber. La ciencia como profesión. Biblioteca Nueva, 2020. 118 páginas. Traducción: Joaquín Abellán.


Imagen de cabecera: Gente camina junto a un reloj en una calle concurrida, 2025. Foto: Chengyu Wang. Uso gratuito bajo la Licencia Unsplash


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