Vista de la exposición de Luis Vidal Corella en el MuVIM, mostrando fotografías de gran formato y cronologías de la Valencia de posguerra sobre paredes en tonos crema.

El eco de la plata en el muro de cristal

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Uno recorre estas calles y el pasado parece latirle en cada esquina. Me detengo frente a un azulejo discreto, situado a unos dos metros sobre el nivel del suelo. Marca el límite de la riada de 1957. Es una línea de puntos que divide el mundo en dos: lo que sobrevivió y lo que fue arrastrado por el lodo. Imagino, de nuevo, el agua reclamando las calles, borrando las jerarquías y dejando a su paso el sedimento del miedo. 

Sigo andando por el Carmen y el tiempo se vuelve un collage caprichoso. En la pared de una panadería, un trozo de muralla árabe se asoma entre el revoco moderno, como un hueso antiguo que se niega a ser enterrado. Es una intrusión de lo eterno en lo cotidiano. 

Pero la historia no siempre es amable ni remota. Pienso en los portales de los edificios de posguerra, donde el hierro se vuelve herida. Placas con el yugo y las flechas permanecen allí, oxidadas por la indiferencia o por la costumbre.

Al llegar a Porta de la Mar, el Arco de Triunfo se alza con una solemnidad que engaña al visitante. Los turistas disparan sus cámaras, capturando la simetría de la piedra y la cruz central sin sospechar que están fotografiando un duelo congelado, un símbolo que alguna vez quiso dictar quiénes eran los vencedores. Resulta paradójico comprobar que un monumento pueda terminar siendo una cicatriz que aprendemos a ignorar. 

La ciudad convive con estos ritos de piedra y metal. El pasado no es un museo; es un vecino silencioso que nos observa mientras compramos el pan o esperamos el semáforo. Somos nosotros quienes decidimos qué parte del sedimento rescatar y qué parte dejar que el tiempo, ese otro río invisible, termine por borrar.

Me dirijo al MuVIM con la sensación de quien va descubriendo rastros sin haberlos buscado. Son ecos de un pasado que el sol mediterráneo parece haber petrificado, invisibles para los viandantes que se creen ajenos a la historia, inmersos en un presente de prisas y urgencias relativas. Ignoran que la historia es un ciclo recurrente, una rueda que se empeña en anunciar un inminente regreso. Desde el presente, observo estas huellas y creo que revelarían mucho si encontraran miradas y oídos más perspicaces y críticos. 

Cruzo el umbral del edificio brutalista después de este trayecto de psicogeografía histórica. El olor a humedad de la mañana y el bullicio de sus insólitas rampas metálicas se desvanecen en cuanto pongo un pie en la penumbra de la sala que vengo a visitar. Allí me espera Luis Vidal Corella. No el hombre, que se marchó en 1959, sino su mirada. 

Heredero de una saga de fotógrafos, Vidal Corella habitó el silencio de la posguerra con una sensibilidad que hoy resulta conmovedora. Es un encuentro frontal con el intersticio que separa la puesta en escena del régimen y el pulso real de una sociedad que intentaba, simplemente, seguir respirando.

Es casi anacrónico, y por ello sorprendente, pensar en su técnica. Mientras sus contemporáneos, como Capa o Taro, volaban con sus ligeras Leica, Vidal se aferraba a sus pesadas cámaras de placas de cristal. No era un lastre; era una elección de tempo, como si la quietud fuera el único lenguaje capaz de narrar el miedo. Esta limitación técnica obligaba a una pausa reflexiva, a una espera necesaria para capturar el instante en que la propaganda se agrieta para dejar ver la verdad.

En las paredes del museo, la dialéctica es muy clara. Por un lado, la escenificación del poder: los desfiles sindicales de 1940, la rigidez de la autarquía, la visita del dictador. Por el otro, la vida que se resiste a ser borrada: el trabajo duro en la Albufera, la velocidad efímera de las carreras de motos y la dignidad del esfuerzo diario. Pero son los «espacios del silencio» los que te detienen en seco. Las imágenes del interior de la Cárcel Modelo en 1942 son un espejo incómodo. En ese blanco y negro granulado, la represión es un rostro que te devuelve la mirada.

Al salir, me crucé con un grupo de estudiantes. Sus voces, llenas de la ligereza propia de quien no ha conocido el muro, contrastaban con la gravedad de lo que acababa de ver. Pensé en la importancia pedagógica de esta muestra; en cómo la lente de Vidal actúa como una herramienta de conciencia social frente al resurgir de ideologías extremas, advirtiéndonos que el olvido puede ser otra forma silenciosa de censura.

Otra vez en la calle, con el ruido de los coches y el brillo imponente de los carteles de publicidad. Valencia sigue ahí, y yo sigo pensando en el sedimento de los que estuvieron antes, la inestable quietud que sobrevivió al estrépito. Anoto en mi libreta: la memoria no es un archivo, es un órgano vital.

“Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València”. Del 17 de diciembre de 2025 al 3 de mayo de 2026. Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM).


Para entender cómo se forjó esa mirada antes de que el silencio lo cubriera todo, recomiendo el volumen VALENCIA, OCTUBRE 1934. La mirada de Luis Vidal Corella Francisco Collado Cervero Publicacions de la Universitat de València (2019). Es un ejercicio de arqueología visual sobre la agitación de la Revolución de Octubre, esencial para comprender la evolución técnica y humana del fotógrafo.

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