Ernesto j. Guevara

Artes visuales y cultura del siglo XX

Pintura abstracta de Joaquín Michavila donde predominan planos de azules saturados y ocres, evocando la luz de la Albufera valenciana

Joaquín Michavila y la abstracción en el arte de posguerra

La obra del pintor Joaquín Michavila encierra una aparente paradoja: el tránsito de un andamiaje racional hacia la disolución lírica del paisaje. Esta evolución no es aislada, sino el reflejo de una inquietud que definió la segunda mitad del siglo XX. Al contemplar su regreso a la Albufera tras una etapa de rigurosa geometrización, es inevitable vincular su trayectoria con la de aquellos «geómetras del alma» que interpretaron la naturaleza no como un modelo a copiar, sino como una esencia a destilar. 

En este sentido, resuena el pensamiento de Maurice Merleau-Ponty, quien en su ensayo El ojo y el espíritu (1961) afirmaba que el pintor «presta su cuerpo al mundo» para transmutarlo en pintura. Michavila, fiel a esta premisa, no retrataba el agua como un espejo físico, sino como una luz suspendida sobre la materia, elevando el paisaje a un fenómeno de pura percepción.

Para honrar su mirada, donde la disciplina matemática se convierte en vehículo de emoción pura, es preciso retroceder en el siglo para comprender el origen de esa necesidad de fracturar el espacio y cómo, en ese proceso, se transformó nuestra percepción del mundo actual.

El Grupo Parpalló y el constructivismo en el arte español de posguerra

La abstracción geométrica y el constructivismo en los que Joaquín Michavila se empapó durante los años cincuenta y sesenta nacieron del ruido y la furia de las primeras décadas del siglo XX. Tras la Primera Guerra Mundial, Europa quedó desmantelada. La figuración tradicional —el arte que retrataba la realidad de forma fiel— parecía cómplice de un viejo mundo que había colapsado. 

Autores como Piet Mondrian en Holanda (con el movimiento De Stijl) o Kazimir Malévich en Rusia sintieron que el arte debía refundarse desde sus elementos más puros: la línea, el plano, el color esencial. Buscaban un lenguaje universal que no dependiera de las fronteras ni de las identidades nacionales. Era una reacción mística y política a la vez: reconstruir un orden espiritual sobre las ruinas de la historia.

En España, esta vanguardia artística llegó con retraso debido al aislamiento de la posguerra. Cuando el Grupo Parpalló se fundó en Valencia en 1956 —con Michavila, Andreu Alfaro y Juan Genovés, entre otros—, el gesto no fue meramente estético. Fue un acto de resistencia cultural. Frente a la España académica, oscura y folclórica que promovía el régimen, estos jóvenes miraron hacia Europa. Reclamaron la modernidad a través de la geometría, el rigor estructural y la integración del arte en la sociedad.

La evolución artística de Michavila: del constructivismo a la abstracción lírica

La producción pictórica de Joaquín Michavila se divide en dos grandes alientos que dialogan constantemente entre sí:

  • El constructivismo estricto (años sesenta): Es la época del «andamiaje espiritual». El espacio se fragmenta mediante superficies planas, tensiones cromáticas y un control riguroso de la línea. No hay espacio para el azar; hay una voluntad de hierro por encontrar una estructura interna, casi arquitectónica, del pensamiento. Es el eco visual de la música serial de compositores como Anton Webern: economía de medios, máxima intensidad interna.
  • La abstracción lírica (años setenta y ochenta): Su regreso a los paisajes de la Albufera con las series El Llac y El Riu. Aquí ocurre la proeza pictórica. La geometría no desaparece, se vuelve subterránea. Se convierte en la armadura invisible que sostiene esos azules profundos, esos ocres y grises donde la tierra y el agua se confunden.

En esta etapa de madurez lírica, Michavila se acerca a la tradición de la pintura de paisaje oriental (el Shan Shui), donde el vacío y la bruma tienen tanto peso como la montaña o el río. El rigor acumulado durante décadas le otorgó la libertad técnica necesaria para captar el instante lumínico sin caer en el academicismo tradicional.

De la geometría paliativa al entorno digital contemporáneo

El viaje estético de Joaquín Michavila deja una lección fundamental para el siglo XXI. En nuestra era contemporánea, saturada de imágenes de alta definición, pantallas hiperrealistas y una sobredosis de estímulos visuales literales, la abstracción de las series de la Albufera actúa como un bálsamo y una advertencia.

Hoy en día, creadores digitales y artistas visuales contemporáneos recurren de nuevo al minimalismo geométrico y a la abstracción ambiental para generar espacios de contemplación en medio del caos digital. La estética del ambient —tanto en la música (heredera de Brian Eno) como en las artes visuales de instalaciones lumínicas actuales— comparte una búsqueda similar a la Michavila en el tramo final de su carrera: diluir los límites del objeto para que el espectador experimente el entorno, el clima, la vibración de la luz.

Sus azules saturados ya no son solo agua; son la demostración de que el arte más profundo es aquel que nos obliga a ralentizar la mirada. En tiempos en que se nos impele a mirar la superficie que nos rodea de manera acelerada, Michavila supo mirar el reflejo para poder encontrar el fondo.


Imagen de cabecera: Joaquín Michavila. L’alqueria (1978). Acrílico sobre tela. Colección Fundación Bancaja.


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